Bienestar de los estudiantes
Atrás

Bienestar de los

estudiantes

Bienestar de los estudiantes de medicina: Vivir con un paciente con cáncer

Este artículo fue publicado originalmente por ASCO Connection. La presente es una traducción al español compartida con fines informativos.

He querido ser oncóloga desde el tercer año de la facultad de medicina. En el Perú, donde vivo y estudio, los estudiantes ingresan a la facultad de medicina justo después de la escuela secundaria, y toma 7 años completar el programa. A mi padre, un cirujano gastrointestinal, nunca le gustó la idea de que su hija se convirtiera en oncóloga. Hubiera preferido que yo también me convirtiera en cirujana, ya que ellos son «los que resuelven los problemas». Añadió que, debido a que soy una persona muy sensible, no soy adecuada para dar malas noticias.

Mi padre era originalmente de la sierra del Perú, donde el idioma nativo es el quechua. No hablaba español con fluidez y sufrió acoso (bullying) cuando llegó a la ciudad. Por eso, reaccionó con temor a mi decisión de tomarme un año libre de mis estudios para investigar en una universidad en los Estados Unidos. Afortunadamente, su preocupación era infundada, ya que realmente disfruté mi tiempo en los Estados Unidos y aprendí muchísimo. Regresé al Perú con una nueva perspectiva para el futuro.

Cuando llegué a casa, descubrí que mi padre había envejecido terriblemente, mucho más allá de sus 62 años. Cuando llamaba a casa desde los Estados Unidos, a menudo se quejaba de dolor en los huesos que atribuía a la edad. Pero ahora no podía dormir debido al dolor. Mi madre, que es pediatra, sugirió que podría tener mieloma múltiple según sus síntomas. Yo dije que era más probable que estuviera sufriendo de cáncer de próstata metastásico no tratado. Acababa de escuchar una clase sobre cáncer de próstata y, por lo tanto, el diagnóstico me vino a la mente. Tan pronto como dije esas palabras, vi a mi padre palidecer.

Mi padre, que siempre se había negado a hacerse exámenes de salud, se hizo la prueba de PSA ese mismo día. Su nivel de PSA estaba por encima de 60 y una gammagrafía ósea mostró múltiples sitios de captación en toda su columna vertebral. Una biopsia confirmó el diagnóstico de cáncer de próstata altamente agresivo con una puntuación de Gleason de 9.

Ayudé a mi padre a coordinar una consulta urgente con un experto en su enfermedad. Mi padre se negó a someterse a una orquiectomía quirúrgica, eligiendo en su lugar recibir tratamiento de privación de andrógenos y quimioterapia con docetaxel. Decidí tomar menos cursos ese semestre para aligerar mi carga académica y poder estar más disponible para él y mi madre. Lamentablemente, desarrolló fibrosis pulmonar a causa del docetaxel, una complicación inusual que reportamos debidamente en la literatura académica.

Su oncólogo también me cuidó al permitirme presentar el caso de mi padre en el comité de tumores (tumor board), sabiendo que apreciaba enormemente la oportunidad de sentirme involucrada y participar en la discusión. Decidimos no mencionar que yo era pariente del paciente del que se estaba hablando. Me senté en silencio escuchando a los expertos confirmar lo que ya sabía: que su pronóstico era malo. Con el corazón apesadumbrado, regresé a casa y compartí la triste noticia con mi familia.

Ahora, 14 meses después, mi padre ha superado con creces su pronóstico inicial. Mi familia ha aprendido a vivir un día a la vez y a no dar nada por sentado. Este viaje peligroso ciertamente me ha enseñado a apreciar la experiencia de mis pacientes y sus seres queridos durante momentos tan difíciles.

Definitivamente he hecho sacrificios durante este tiempo, rechazando oportunidades académicas y profesionales para tener el tiempo y la energía para ayudar a mi familia. Sin embargo, entiendo la importancia de mi salud mental y que necesito tener algo de tiempo para mí. He descubierto una gran relajación en hacer manualidades y escribir. Hago trabajos ocasionales para ayudar a mi familia y divido mi tiempo entre el trabajo y mis estudios.

Como médicos, somos humanos que no somos diferentes a los pacientes que tratamos. Esta experiencia con mi padre me ha permitido ver esto más claramente que nunca. He pasado por las mismas luchas y he sentido el mismo dolor. Entiendo los sacrificios y las decisiones que alteran la vida que se deben tomar. Como resultado, ahora soy capaz de abordar la oncología como lo haría un paciente y su familia. Estoy en el comienzo de mi carrera como médica, pero ya sé que la medicina es un arte que nunca dejamos de aprender.

La Srta. Anampa-Guzmán es estudiante de medicina en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en Lima, Perú. Es expresidenta del Grupo de Interés en Cáncer patrocinado por ASCO en su universidad. Fue oradora de Elsevier sobre educación médica en América Latina. Las opiniones expresadas aquí son suyas. Agradecimiento especial a la Dra. Lidia Schapira por su orientación y tutoría en la redacción de este artículo. La Srta. Anampa-Guzmán conoció a la Dra. Schapira gracias a las Horas de Oficina de Mentoría en el Centro de Redes de Mujeres en la Reunión Anual de ASCO 2017. Sígala en Twitter en @AndreaAnampaG.

Amamos la vida.

Más investigación para más vida.


¿Necesitas
orientación?